Si eres de estos últimos, no te tortures, lo llevas en tu ADN. Y es que varios estudios científicos han sido capaces de vincular unos determinados genes asociados al sentido del gusto y el olfato, con la capacidad de detectar ese saborcillo a lavavajillas.

El instinto de supervivencia nos lleva a percibir ese aroma como algo venenoso, y por consiguiente a rechazarlo. 
Lo más curioso es que podemos superar la aversión si le damos una segunda (y tercera, y cuarta) oportunidad al hierbajo.

La primera vez que yo probé un plato con cilantro (un milhojas de verduras) pensé que se les había caído un chorro de Fairy en él. ¡Puaj! Poco después empecé a viajar con frecuencia a Portugal 🇵🇹 y allí lo consumen a mansalva, especialmente en uno de mis platos favoritos: Amêijoas à Bulhão Pato. ¡Buenísimas!

Desde entonces mi cerebro dejó de percibir ese sabor como una amenaza y ahora me gusta tanto que hasta lo cultivo en mi huertito.

En la foto, unos adorables brotes.